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LA VIOLENCIA POLÍTICA, LAS MUJERES Y LOS MEDIOS

Rebeca Ramos Rella

Habían sido varias las ocasiones que el amigo y según asesor del gobernador se había reunido con la servidora pública, en su oficina. Ella le había entregado la información indicada, pero el amigo asesor además insistía en que se le diera una oficina en aquella casa que, en otra época, había sido la Casa de Gobierno del entonces Ejecutivo estatal.
Cierto es que era grande, pero requería de remodelaciones, es decir, dinero y voluntad para repararla y acondicionarla para los nuevos tiempos y para la exigencia de los “amigos”. No estaba en las manos de ella resolver, su encomienda era otra, se lo había repetido, pero por cortesía cada vez que este personaje reclamaba, le explicaba que ya tenía conocimiento el responsable administrativo de la oficina del gobernador y que aun no se había autorizado presupuesto para asignarle una oficina habilitada.
Una tarde, el personaje, de forma prepotente y en tono de orden le exigió abrirle la oficina del gobernador en aquella casa para que pudiera “despachar” sus asuntos: “Ábrame la oficina del gobernador. No se va a enojar, es mi amigo, no creo que se moleste que me siente ahí…”. “No es posible, tengo órdenes de mantenerla cerrada y sólo se abre para limpiarla, discúlpeme…pero si usted quiere, puede pedírselo al secretario privado o al particular y si ellos lo autorizan, con gusto”. La escalada de esta necedad llegó a las altas esferas, al grado de que a ella se le dio la orden de abrirle y entregar, al personaje, la oficina contigua, la del secretario privado.
Tras una reunión de trabajo, ella iba conduciendo para reunirse a la hora con aquél. Ese día le habían dado instrucciones. Sonó el celular y al otro lado una voz femenina llorando, apenas podía hilar palabras: “Hola amiga, oye este señor ya está aquí, está muy enojado, está gritándonos, quiere que se le abra la oficina de inmediato, pregunta que dónde estás y ya me gritó y me insultó…está furioso porque el ‘poli’ de la entrada del estacionamiento no lo dejó pasar, le dijo que no tenía autorización y el otro lo ofendió, le dijo groserías y lo amenazó…ya entró con su camioneta pero ¿Qué le digo? ¿Qué hago?”. “Qué barbaridad. Cálmate por favor…se adelantó, qué tipo…llegó antes de la hora…ya me habían dicho que era déspota y misógino, tranquila, ya estoy llegando…” Ella no daba crédito del maltrato ni de la conducta. ¿Por qué humillar a la recepcionista y al guardia de la entrada?
Tras saludos en seco, subieron juntos a su cubículo. Tomó las llaves y abrió la famosa oficina, donde había regalos, papeles, agendas, cosas que ahí se resguardaban. Ella empezó a acarrear en brazos lo que pudo, al tiempo de explicarle lo que estaba a su disposición, teléfonos, computadora, archiveros…pero no alcanzó a salir porque el asesor-amigo, la encerró y en alto tono de voz, muy hostil, lanzó la advertencia: “Oiga, quiero hablar con usted…mire le quiero advertir que…yo soy…¿Por qué me encierra…qué le pasa, porqué me grita…de qué se trata esto?… No quiero que nadie escuche lo que voy a decirle…porque me va a oír…Sí, pero así, no y menos en ese tono, si tiene algo que decirme, será en mi oficina…”.
Ya sentados, a puertas abiertas, frente a frente, él le reclamó fuerte que no tenía oficina y que “ella no había querido darle la del gobernador”, ella contestó que no se la iba a abrir por respeto y por indicaciones expresas, que estaba equivocado, que lo había comentado reiteradas veces a quien competía, pero que la respuesta era la misma: no había recursos para habilitarle una oficina, pero que ya habían autorizado, que ya tenía un espacio a su disposición…”Mire señor, mi trabajo es distinto al tema de reparticiones de oficinas, escribo, investigo, redacto documentos, hago proyectos, análisis políticos, yo no administro este espacio, pero por gentileza, lo he atendido y su asunto ya se resolvió, pero debo decirle que aquí, a nadie se le permite maltratar a los colaboradores, ni a la recepcionista ni al policía ni a nadie, yo no le permito que me encierre y menos para gritarme ni regañarme, aquí ni el gobernador llega con esas actitudes…no le permito humillar a la gente de esta casa…”. Se sonrió, la miró con odio y se levantó para irse.
Al otro día y en los subsiguientes, usó portales de noticias que regenteaba o donde repartía sus millones, para tupirla de lodo – violentarla- con la destreza venenosa de plumas de “analistas” a los que se les acababan los adjetivos para descalificarla, ridiculizarla y desprestigiarla…” Con sus desplantes de diva y de sabelotodo…La vedette que quien sabe por qué la consiente tanto el Ejecutivo estatal…Cuidado con el dúo dinámico de la Casa…la administradora y la coordinadora general…”.
Coludido con los malquerientes de la servidora pública, a quien desde la campaña ya le habían puesto apodo degradante por su tez morena – encima de todo, racistas-, que nunca la tragaron por ser talentosa y por ser mujer, combinación inaceptable e intolerable para los machistas misóginos, varios con dosis de ignorancia alarmantes, desde entonces saqueadores y dictadores de la política local de esos años y de los siguientes, dieron su gran golpe un mes de mayo.
El complot más aberrante y la injuria despreciable. La gran farsa dictada desde teléfono oficial. La acusaron de tiranía, de prepotencia, de “mandona” -cuando una mujer está al mando, nadie se lo perdona, porque “mandones” sólo los hombres-; se leían ridiculeces, como que los golpeaba; se mencionaba una supuesta grabación donde ella hablaba mal de gente poderosa. Mentiras, a todo vapor. Nada de eso pasó ni hubo cintas. Fabricaron víctimas entre los empleados, que eran asistentes, nombrados por ella, apenas entrenados por ella, porque no sabían, sólo sacaban cifras y notas. Ella les había dado la oportunidad, no tenían trabajo, ni dinero. Las y los ayudó, les prestó dinero, los arropó, les consiguió un buen sueldo, una posición. Les reconocía su apoyo, les exigía eficiencia, lealtad y dedicación. Ella les enseñó.
Pero, ya está escrito que nada es más detestable en política, en la vida, que la ingratitud y la traición.
No obstante, en ese tiempo, sucumbieron a sus debilidades. Les prometieron dinero, cargos, beneficios y les ordenaron atacarla con todo frente al jefe; le tiraron estiércol, por conveniencia, por envidia, por miedo a las represalias; se convirtieron en traidores y traidoras, por uno de los peones cercanos y por aquel otro personaje ardido, quienes los sentenciaron a atizarle para hundirla, para que renunciara, ya que alguno de estos siniestros quería el puesto de ella, para un amigo y socio, en corruptelas y excesos, alguien a modo.
Una noche, tres años después, ella entraba con una amiga a un restaurante. La acompañante saludó a tres varones comensales que de inmediato se levantaron. La presentó con ellos, eran periodistas, de los más temidos y leídos. No la conocían. Uno de ellos, muy amablemente las invitó a unirse al grupo y en acuerdos de miradas, ellas decidieron aceptar.
Poco después en charla agradable, siempre de política, ella le preguntó a uno de ellos: “¿Usted sabe quién soy? … No, en verdad no tenía el gusto…Hace unos años usted escribió sobre mí. Me golpeó muy fuerte…”. Sorprendido, sonrió. “No recuerdo, de verdad…”. “En toda mi vida política y en el servicio público nunca nadie me había pegado así, no hubo motivo…lo que no entiendo es cómo alguien cómo usted, serio y respetado, pudo escribir mal de alguien sin conocerlo, ni siquiera consultó mi currículum… no me dio oportunidad…no corroboró la información que le dieron”. “No lo recuerdo…”. Ahí quedó. La plática cambió, pero de ese suceso, surgió la amistad y el afecto hasta el día de hoy, inquebrantables.
Un día, él le confió la verdad: “Me llamaron. Me pidieron que lo publicara, ya sabes cómo eran -son- esos perversos, de lo peor…amenazaban, yo no sabía por qué o de qué se trataba, fue de arriba… ¿Qué podía hacer…?”.
Ella sobrevivió los embates; como veterana de guerra, con cicatrices, raspones y mutilaciones, se levantó de entre el polvo, salió del pozo, para adelante.
Las trincheras han sido modestas, pero igual, íntegra, con la tranquilidad de saber cumplir con su trabajo, precaria pero honesta, hasta ha logrado que la aprecien en el cuarto poder; pero aquellos, los complotistas y autores intelectuales de aquellas bajezas, es decir, de la Violencia Política que ejercieron sobre ella, desde hace algunos años, hasta este día, a pesar de sus tronos y cuentas millonarias, son señalados y repudiados, como corruptos cínicos, como ladrones con fuero, como protagonistas de escándalos nacionales; son los más deleznables traidores al estado y al pueblo de Veracruz, que los desprecia.
Estas anécdotas son pocas y quizá hasta gentiles para lo que otras mujeres más empoderadas han padecido en su vida dedicada al servicio público y al oficio político. El recuento de vilezas, injusticias y podredumbre, sería sorprendente, tanto en la dimensión de la maldad, como en la fortaleza de esas mismas mujeres para sobrevivirla.
La Violencia Política apunta, el “Protocolo para Atender la Violencia Política contra las Mujeres en razón de género”, elaborado por diversas instancias federales en su edición 2017, se define como “ todas aquellas acciones u omisiones de personas, servidoras o servidores públicos que se dirigen a una mujer por ser mujer (en razón de género), tienen un impacto diferenciado en ellas o les afectan desproporcionadamente, con el objeto o resultado de menoscabar o anular sus derechos político-electorales, incluyendo el ejercicio del cargo”. Este documento abunda que la Violencia Política contra las mujeres puede incluir, además, violencia física, psicológica, simbólica, sexual, patrimonial, económica y hasta la violencia feminicida.
En el Estudio, recientemente presentado en Veracruz, sobre “la Violencia Política contra las Mujeres en Contenidos Mediáticos”, que coordinó la periodista y corresponsal reconocida internacionalmente, la Mtra. Elva Narcía Cancino, se precisa que: “La violencia política puede ser perpetrada por cualquier persona o grupo de personas, incluyendo agentes del Estado, colegas de trabajo, partidos políticos o sus representantes, Medios de Comunicación y en general cualquier persona o grupo de personas”.
Y en el caso de las mujeres participantes en procesos electorales, como el que ya estamos viviendo, del Estudio realizado, la Mtra. Elva Narcía concluye y cito textual: “En una sociedad democrática el ejercicio pleno de la libertad de expresión es fundamental; en los procesos electorales la expresión de críticas, ideas, opiniones e incluso acusaciones emitidas por candidatos y candidatas en contra de sus rivales políticos, se presenta como una herramienta para llevar al debate público asuntos de interés para el electorado”. Matiza: “Sin embargo, el ejercicio de la libertad de expresión también tiene límites o debería tenerlos, más aún cuando se pone en riesgo la integridad física o moral de las personas, y en este caso en particular, de las mujeres que participan en la política electoral”.
Abunda que: “La difamación, intimidación y amenazas no deberían ser incluidas como parte del juego político y su uso debería ser severamente sancionado. La confabulación de partidos políticos y de personajes públicos, coludidos con empresarios de la comunicación con el fin de eliminar de la contienda a candidatos o candidatas, debería ser vigilada, denunciada y regulada”.
Y señala que: “No se trata de censurar sino de vigilar e impedir que se divulguen contenidos difamatorios, calumnias, mentiras, amenazas, insultos o contenidos sin sustento, sin verificación, que podrían impactar negativamente tanto en el desempeño profesional, como en el resultado en las urnas y/o en la vida familiar de las personas que son objetivo de los ataques”.
Y es que la Violencia Política, pese a haber sido catalogada como tal hace poco, se ha padecido desde hace mucho, quizás desde que las mujeres empezaron a participar en elecciones y cuando pudieron acceder a puestos de mando y de toma de decisiones en los ámbitos público y privado.
En el momento que las mujeres y su talento, sus capacidades de liderazgo, de gobierno y de propuesta e iniciativas ciudadanas, se empezaron a visibilizar y a ganar espacios, lejos del cerco de la familia y más cerca del poder político, social y económico, la andanada contra su empoderamiento arreció, primero en sus círculos de acción y de ahí hacia fuera, en los medios de comunicación, en redes, en la prensa escrita, en radio y televisión.
Fue muy gratificante haber coordinado el evento que impulsó la Diputada Cinthya Lobato Calderón para hacer realidad la presentación del Estudio mencionado, que dio seguimiento e hizo un recuento analítico de la Violencia Política contra las mujeres en los medios de comunicación, durante los procesos electorales recientes en Chiapas, Estado de México, Guerrero, Morelos, Oaxaca y Veracruz, y en el que colaboraron además, notables veracruzanas, activistas de Derechos Humanos, lideresas de la sociedad civil e investigadoras, como mi querida amiga, aliada sorora, la Mtra. Rosa Aurora García Luna.
Gratificante porque a través de la investigación, muchas mujeres servidoras públicas, en funciones o en pausa obligada, candidatas, ex candidatas, legisladoras, cabezas e integrantes de asociaciones civiles, mujeres destacadas en la vida pública estatal, se identificaron en los diagnósticos, compartieron sus experiencias dolorosas y el maltrato denigrante evidenciado y distorsionado maliciosamente en la prensa electrónica y escrita, coincidieron en las conclusiones y más; las compañeras y compañeros periodistas, columnistas, reporteros, asistentes y panelistas invitados, convergieron en que la Violencia Política contra las mujeres públicas, ciertamente se reproduce en las notas, comentarios, columnas, fotografías, memes, caricaturas, pero que también ellas, las comunicadoras, son violentadas por las y los políticos y en su ambiente laboral.
De manera que la Violencia por género en la política, en los medios y en lo laboral es un flagelo constante para las mujeres en Veracruz, en México y en el mundo.
Es el instrumento para contener y desalentar el avance de las mujeres en la pirámide del mando, que sigue teniendo cara de hombre para millones, que todavía no abren los ojos y no ven la forma en que hemos sido construidas y construidos, en la cultura patriarcal que anula, demerita, refunde a las mujeres al hogar, al silencio, a la sumisión y a la rivalidad, donde los estereotipos sexistas dominan y nos disminuyen.
Si bien la Violencia Política contra las mujeres por razones de género- es decir, por ser mujer- se engendra y se crece desde los partidos políticos, estructuras de órdenes de gobierno, precandidaturas y candidaturas, en los Congresos y en todas las arenas del servicio público y de participación política, el flagelo se convierte en genuino peligro que incluso puede costarle la vida a una mujer que quiere y puede empoderarse, porque se reproduce y se agrava en la opinión publicada, en las cabezas de notas; en comentarios de columnistas; en la información periodística; en redes sociales, en fotografías, videos, frases, textos, contenidos que se difunden en los medios de comunicación y que generan una percepción sobre la actuación, la personalidad, el entorno privado y las posibilidades de las mujeres públicas.
La frase lapidaria que escuché de un político profesional que sentenció: “En política, siempre es más difícil para una mujer…nadie se va a tocar el corazón para armarte una intriga”, es la quinta esencia de la Violencia Política y la puerta abierta para denigrar a una mujer política, en los medios, en las redes sociales.
Por esto, las pedradas, los traspiés, las difamaciones y las campañas de desprestigio como guerra sucia, cuando alguna mujer “se atreve” a aspirar a alguna posición de poder y de decisión; cuando sube a la cabeza de un espacio de trabajo; cuando quiere ser o es la “Jefa”.
Pareciera que la consigna “natural o normal” de la sociedad, de las personas de su entorno laboral, político, gubernamental o profesional, es quizá hasta inconsciente o bien inducida y ordenada desde las cimas, para atacarla.
Entonces se conforma una especie de cofradía de enemigos y enemigas, a veces por envidia, otras por rabia por género, otras por temor o simplemente por contiendas electorales o competencia por cargos, hasta por los escritorios y es cuando se busca echar mano de la agudeza de los medios, que de pronto se erigen como jueces o como la “conciencia de la sociedad” y escriben, comentan, recurren al sarcasmo o a la mofa; al doble sentido y a la adjetivación sexista, sin querer o queriendo, para defenestrar a la mujer empoderada o en proceso de serlo.
Si fue pagado o por cosecha propia, no se sabe ni se sabrá, pero ya la exhibición pública y la agresión para romperla, desacreditarla, para “madrearla con todo” -dispensen el lenguaje coloquial-, para que sucumba, para que llore, para deprimirla y desmoralizarla, para eliminarla del mapa, para castigarla, para señalarla, ya están hechas, ya hicieron daño.
Las y los comunicadores, si se dan cuenta o no, al criticar, afirmar, infundir intención, juicio y percepciones con saña sexista, valiéndose de cuestiones personales, familiares y privadas, están pululando la Violencia de género en el tipo de Política.
Las y los adversarios y malquerientes de la víctima de violencia saben que la mejor manera de neutralizar o descalificar a una mujer pública es atacarla usando a los medios y al instinto periodístico para indagar más y desinformar.
Y si el lente del o la comunicadora es androcéntrico y misógino o si simplemente derrapan en lo que tanto nos han taladrado en la cabeza sobre los roles de género, los estereotipos y los prejuicios, es muy posible que caigan en la trampa y violenten a las mujeres en política resaltando sus “defectos o particularidades físicas”; que exageren chismes o rumores sobre su “pasado, su honorabilidad y su moral”, hasta apuntar con el dedo moralino sobre su vida sexual o sobre su orientación sexual.
El objetivo es valerse de todo para arruinarle la vida y la posibilidad de ganar, de ascender, de crecer políticamente o profesionalmente.
Ahora, como matiza bien la Mtra. Narcía en el Estudio citado, al proponer que se regule o se legisle sobre la frontera que hay entre la libertad de expresión y la promoción del respeto a los Derechos Humanos de las mujeres, – los civiles y los político-electorales, como es el caso- no se pretende amordazar la crítica ni sesgar la información que difunden los medios.
Pero, que es urgente impulsar una constante capacitación y actualización de la difusión de su labor con Perspectiva de Género, eso sí que sería un gran avance, no sólo para el mejor desempeño de su función que debe ser “veraz, objetiva y oportuna”, sino porque además, efectivamente así contribuirían en la construcción de una sociedad más democrática, más justa donde todas y todos tienen garantizados sus derechos humanos sin remilgos, sin consignas y sin censuras.
Por otra parte, ciertamente que en el servicio público y en el oficio político, la honestidad y la corrupción no tienen género; el ejercicio de la buena gobernanza, de la representación política y social eficaz y legal, tampoco.
Hay abusos de poder, hay falta de ética, principios y valores sin distinción femenina o masculina. Y los medios deben señalar, denunciar, visibilizar estos excesos y delitos, sí, pero de forma objetiva, sin adjetivar o tropezar en la descalificación agresiva, sólo porque se trate de una mujer.
El día de la presentación del Estudio, al que convocamos abiertamente a mujeres destacadas de todos los ámbitos y en especial a las compañeras comunicadoras, hubo quien me regañó y se inconformó por invitar al Panel a debatir, a mujeres periodistas reconocidas por agudas, que en su momento han criticado severamente, escrito y publicado sobre otras mujeres públicas, académicas, lideresas sociales y feministas ahí presentes y a otras, que de plano no quisieron asistir por la misma razón.
“Oye, es que ellas hablan mal de nosotras…nos golpean y descalifican…nos violentan en sus columnas…muy mal…no conocen la Perspectiva de género y nos agreden…nos disminuyen en nuestra labor como sociedad civil organizada…demeritan nuestro trabajo de investigación…muy mal…”, me reclamó contundentemente. Cierto. Por eso estamos aquí, contesté, para debatirlo, para resolverlo, para avanzar. Si no nos sentamos a conversarlo y a detallar las causas y consecuencias de estos contrastes, nunca lograremos vencer a la Violencia Política reproducida en los medios.
Me di cuenta que en este ejercicio de recuento y análisis sobre el trabajo de Elva Narcía y de las y los colaboradores, logramos hacer coincidir en una sola mañana y en un solo espacio, a las periodistas más importantes del estado, con servidoras públicas, ex candidatas, académicas e investigadoras y lideresas de colectivos de mujeres. Había mujeres de todos los colores y visiones quienes si bien, han tenido sus desencuentros fuertes en los medios, ahí estaban sentadas unas con las otras, desmenuzando lo que a todas nos une: la Violencia de género.
Fue temerario, lo reconozco, congregar a mujeres que se han enfrentado en los medios; algunas que se han sentido y han sido violentadas por las frases, afirmaciones, adjetivos que consideran sexistas, discriminatorios y degradantes por parte de las otras mujeres que se dedican a la esgrima de la opinión periodística, desde la columna, la nota o el análisis y que nunca hubieran aceptado debatir, menos dialogar a causa de estos diques culturales que nos dividen y nos posicionan como rivales a las mujeres.
Pero en el punto medio de la academia y del respeto que invocaron las expertas, estoy segura que tanto las periodistas críticas, como las empoderadas en diversos ámbitos, concluyeron que antes que nada somos mujeres, que nos une la Violencia de género que todas padecemos y que urge que la Perspectiva de género sea una condición para desempeñar cualquier profesión y labor, porque pese a que podemos diferir en posturas, concepciones, hechos, opiniones y verdades, lo cierto es que quienes generan opinión no deben multiplicar la violencia contra las mujeres, sino prevenirla y visibilizarla hasta denunciarla y las mujeres políticas o públicas, tampoco deben asumir la crítica, si es objetiva, como ataque a la yugular de sus Derechos Humanos.
Creo que el día en que las unas y las otras superemos el prejuicio de destrozarnos a morir, sólo porque nos han enseñado a ser rivales sin tregua, ese día, los medios de comunicación serán feministas y las columnistas y periodistas serán más sororas y las feministas, las mujeres políticas, las académicas, las empoderadas en el gobierno y en todo ámbito, serán amigas y aliadas de las comunicadoras y hasta las defenderán.
Y confío en que es posible. Aquella mañana del evento, la otra sorpresa vino de las propias columnistas. Después de conocer el Estudio, convinieron en que la Violencia de género se reproduce en los medios; que quienes escriben y generan opinión e información deben informarse más y capacitarse mejor sobre los temas de Igualdad de género; que, siendo mujeres, sufren la Violencia de género atrozmente por los círculos de poder político, llegando hasta la amenaza, la demanda, la persecución, el miedo, el dolor y que incluso en innumerables ocasiones, su vida y la de sus familias ha estado en riesgo.
Sin duda, el extraordinario trabajo de investigación y monitoreo en medios que realizaron Elva Narcía Cancino, Rosa Aurora García Luna y una decena de colaboradores sobre la Violencia Política contra las Mujeres en contenidos mediáticos, en seis estados durante procesos electorales, nos dio oportunidad en Veracruz de iniciar un debate fundamental para que las mujeres empoderadas de toda esfera, se reconcilien en el centro de coordenadas, que es la Violencia de género que lamentablemente nos identifica a todas, pero que nos obliga a unir fuerzas y a practicar la sororidad en el desarrollo de nuestro trabajo y actividades.
La fórmula es prevenir toda forma de Violencia contra las mujeres desde cada trinchera sin renunciar a nuestras vocaciones profesionales, ni a nuestra integridad como agentes del cambio. Tenemos que aprender a ser objetivas y a hermanarnos con nuestras aliadas por naturaleza; aliadas por la misma desgracia y por la única causa.
El proceso electoral en rumbo pondrá a prueba una vez más al cuarto poder y sobre todo, a las mujeres periodistas, que desde los medios de comunicación, pueden comprometerse más con la Igualdad y Perspectiva de Género; con los Derechos Humanos de las mujeres públicas y de todas en general y a sentirse parte sustancial del frente común que las mujeres deben fortalecer para erradicar la Violencia y la Discriminación que nos daña a todas, por parejo.
rebecaramosrella@gmail.com

A quienes les interese conocer el “Estudio sobre la Violencia Política contra las Mujeres en contenidos mediáticos”, pueden solicitarlo en: auroragarcialuna@gmail.com
elvanarcia@gmail.com

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